¿Es posible brillar aun con el corazón roto?
Los recuerdos comenzaron a doler. Cada pensamiento pesaba más y más, y mis huesos parecían resquebrajarse ante una realidad que no entendía.
(¡Amor! No sabes lo que me pasó… pero antes quiero decirte que estoy orgulloso de ti, por todo el esfuerzo que estás haciendo. Confío en ti.)
Mi mente se enfriaba al dormir, pero se incendiaba durante el día: cada movimiento me devolvía a un recuerdo de él. Mi corazón empezó a temblar, y no de amor, sino de miedo.
(¡Buenos días, mi amor! ¡Que tengas un buen día! Estaré ocupado en el trabajo.)
Entre recuerdos, incertidumbre e incomprensión, la respiración se volvía corta. Tenía que hacer algo.
Me inscribí en el gimnasio.
El peso de las mancuernas no dolía. Los recuerdos sí: resquebrajaban mis músculos, debilitaban mi corazón y mi piel.
(Estoy cansado para salir, mejor la siguiente semana.)
Cada ejercicio volvía a unir cada pedazo roto. Yo no fui quien lo rompió, pero sí era responsable de mí misma: de hundirme o reconstruirme.
(Lo siento, no te escribí. Me quedé dormido.)
Un día salí del gimnasio y, como siempre, tomé una miniván colectiva. Me senté al fondo, con audífonos, mirando por la ventana, intentando no pensar demasiado.
(Lo he pensado mucho… y creo que es mejor terminar. No creo que puedas con lo que yo quiero en la vida.)
Subió una señora con su hija de, quizás, siete años. Volteé ligeramente a verla y ella me sonrió. Tenía una sonrisa distinta, como si me reconociera.
Se acercó y apoyó su cabeza sobre mi hombro.
Su gesto fue simple, pero suficiente para detener todos mis recuerdos.
No dije nada. No me moví. Volví a mirar por la ventana.
Respiraba tranquila. De vez en cuando alzaba el rostro y volvía a sonreír. Su mamá estaba a su lado, absorta en su celular, sin notar lo que ocurría.
El ruido del carro, las voces, el movimiento… todo quedó lejos por un momento.
Luego su mamá se dio cuenta y la llevó a su lado. Para no incomodar, ambas se cambiaron al asiento delantero.
Al bajar de la miniván, miré a la niña.
Ella se despidió de mí con una sonrisa, alzando su mano en un gesto sencillo, como si me conociera.
Esa noche me quedé pensando en lo que ocurrió.
¿Por qué se despide de mí?
¿Por qué siente cercanía?
No sé por qué confió.
Fue como si mi niña interior me dijera: “Aún eres tú. Confío en ti.”
¿Por qué alguien que no me conoce confía en mí…
cuando quien decía amarme dejó de hacerlo?
No tuve una respuesta clara.
Pero tampoco la necesitaba.
Mi corazón estaba roto, pero mi valor…
sigue ahí.
Y bastó un instante
para recordarlo.

Deja una respuesta